miércoles, 27 de octubre de 2010

LA MUERTE DEL LIDER.

La muerte repentina de un líder siempre es un evento traumático en cualquier grupo humano. El grupo está habituado a un estilo de mando, a una manera de obedecer. Esto se da tanto en los que siguen al líder como en sus detractores. Por una característica de lo humano, los individuos se adaptan a los líderes, si estos ejercen su mandato largo tiempo. Cuáles son los efectos inmediatos de esta muerte? Primero el estupor, desde luego, el golpe de la conciencia de la muerte que no termina de ser asimilado e implica un parate mental que genera una parálisis de la conducta. El individuo no sabe qué hacer. Después la incredulidad, una irracional esperanza de que la noticia no sea cierta, que haya un error. En realidad, esto es una defensa y un ganar tiempo para que la mente se pueda ubicar en la situación. Este periodo es variable en cada individuo. A esta etapa le sigue la aceptación y, finalmente, la resignación ante la pérdida del conductor. El darse cuenta que se ha perdido al conductor genera incertidumbre y con ella el temor por un orden nuevo, no previsto, impensado. Inevitablemente la flecha del pensamiento cambia de sentido, del fallecido gira hacia el individuo vivo: qué pasará conmigo ante esta nueva circunstancia? Qué pasará con lo que he ganado o conseguido con el antiguo líder? Este egoísmo está siempre presente una vez que se despejó algo de la conciencia.

La radiación del las etapas que he planteado es más intensa entre los seguidores inmediatos del líder y va aminorando a media que se aleja del centro de poder. Ocurre una expectación generalizada sobre lo que pasará de ahora en más. Es vital que el líder suplente emita un mensaje tranquilizador, así como los líderes opositores deben manifestarse en pro de la continuidad del sistema tal como estaba. En estos momentos la mente de la gente no está para discusiones o propuestas contrapuestas. De ser así se puede desembocar en una crisis grave e irreversible. Después de la muerte es el tiempo de la serenidad. Del mensaje de calma. Los contrincantes deben envainar las espadas y reflexionar. Necesitan, imperiosamente, que los ánimos se calmen. Que aquellos que viven con dolor la muerte del jefe no trastoquen ese dolor en ira. Que aquellos que lo odiaron se llamen a sosiego y no despierten con su alivio o su alegría la ira de los dolientes.

Esta muerte, sin embargo, tiene muchas particularidades. No murió un líder común, sino uno muy especial, casi un rey por su manera absolutista de gobernar. Un ser vehemente que no aceptaba críticas ni otros líderes dentro de su grupo, alguien que no delegaba, que ejercía un control hasta en las acciones mínimas, que manejaba el miedo, hasta el terror, entre sus allegados. Los hombres que lo secundaban en su mayoría lo conocían de años y tenían impregnado en su mente este estilo absolutista, refractario a la contradicción y los que en su momento la ejercieron fueron quedando en el camino, de tal forma que los que persistieron constituían el sedimento de ese largo proceso de mando y tenían grabado a fuego la impronta K.

El líder, a su vez, tenía tal convicción de mando que ceñía con naturalidad su corona, afianzada por su experiencia con la doble gobernación, con su periodo presidencial, y su regencia en el periodo actual de gobierno. Pocos se oponían a sus deseos, y los que lo hacían se encontraban con un contrincante tenaz y hostigador que doblegaba sus voluntades rebeldes.

Ha muerto. Y los que quedaron están acostumbrados a obedecer, no a generar iniciativas de mando, no se le estaba permitido en vida del líder.

Es ineludible la batalla por el poder entre los segundos del ex líder, cada uno se verá bendecido como continuador del jefe. Estas turbulencias internas del poder serán más peligrosas para la gobernabilidad que lo que puedan hacer desde afuera los opositores.

La presidente, perdido el referente natural, deberá recurrir más a su instinto para encontrar su estilo propio que a intentar repetir el estilo del líder fallecido. Es, ciertamente, el tiempo de dar un giro nuevo y convocante para apoyarse en las fuerzas significativas del arco político a fin de llegar a buen puerto hasta las próximas elecciones. No será fácil pilotear la infinidad de intereses contrapuestos y las ambiciones desmedidas, coordinarlos hacia una dirección. Pero ella está ahora ahí, en el puesto de mando.

Mientras tanto, los argentinos masticaremos incertidumbres, angustias y sobresaltos, y, aunque fogueados de crisis, también estamos acostumbrados a mantener alta la esperanza a pesar de los más extraños avatares.



Hugo Marietan, octubre 2010

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